jueves, 11 de septiembre de 2014

Las Landas (o al menos un trocito de las mismas)

 Había estado en Francia antes y no me había traído un buen recuerdo pero, indiscutiblemente, esos malos recuerdos se han ido y han dejado paso a los de unas vacaciones preciosas.

De mano, llegar al País Vasco y cruzar la frontera es un "no te enteras" de que cambiaste de país: todo son pinos por doquier y arena blanca en el suelo y así, al menos hasta donde nosotros alcanzamos a llegar.

Me sorprendió la increíble tranquilidad de los franceses y su afabilidad hacia los turistas y hace los niños gritones. Últimamente al bicho le da por gritar cuando no sabe cómo decir algo y en cualquier sitio de este país es un momento para "no saber dónde meterte" por las miradas de la gente. Allí sin embargo, todos tenían una sonrisa y una palabra amable.


Parece ser que disfrutan el momento, el paisaje, la comida. Vamos, que viven la vida, cosa que me da que se me escapa. He intentado varias veces lanzar el reloj por la ventana y aunque haga años que no lo lleve en la mano, sigue marcando ritmos...

Recomendable para amantes de la aviación el Museo del Helicóptero de Dax, por cierto.

Me sorprendió la comida: esa imagen de la comida francesa como mundo a parte es tan ficticia como la alta cocina española.
El primer día de estancia, el propietario del Bed and Breakfast donde nos alojamos nos recomendó un sitio de comida tradicional landesa -se llamaba L'Estanquet, pero no debe de ser muy significativo porque los hay por todos lados. Este estaba cerca de Linxe por la carretera de un megacamping-.
La cena fue un magret de pato a la parrilla y un entrecot de buey como para caer de culo. Lástima de no haber tomado fotos.
Y el vino... primer contacto con un Burdeos como para morirse.

Más tarde descubriría la Salade Landeise y la existencia de una magdalena gigantesca llamada Pastis Landés, tan ligera como una pluma.


Lo que más me sorprendió fueron los jardines y las flores: mirases donde mirases, la gente tenía unos jardines impresionantes a medio camino entre el bosque de pino invadiéndolo todo y el jardín francés famoso. Flores, flores y flores, y gente cuidando de sus flores. Se me cayó la baba y el alma a los pies pensando en el jardín que tendrías en la casa que no tienes.

De precios: los 16 € de una sangría en Biarritz me llegaron al alma pero comer a la carta es similar a hacerlo aquí. Lo que está caro es el alcohol, la ropa y los alimentos frescos.

En el mismo lugar, Biarritz, la plaza de abastos es, para amantes del queso, un lugar para perderse, pero aun así, no puedo dejar de recordar El Vientre de Paris y las descripciones del mercado, pues las sensaciones se reviven al entrar en ese edificio.

Las playas, o mejor dicho, la playa kilométrica... tanto las arenas blancas como harina de Saint Girons como las de guijarro tamaño lenteja de la Pladge Centrale de Hossegor, para perderse y para todos los gustos: tanto bullicio como la más absoluta soledad dominada por el océano y las dunas.


Irse de vacaciones es algo que sólo se consigue cuando se toma un respiro tan grande que se te olvidan todos los dolores: conseguido. Este año fuimos de vacaciones.

Dormimos en un castillo, comimos como reyes y disfrutamos como animales.



¿Se puede pedir más?
Sí.
Espero poder volver.

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2 Comments:

Blogger Anisor said...

Jope, tenía que haberte advertido de los precios de Biarritz. En el primer viaje de intercambio a Francia, con 15 años, el bus del instituto hizo una parada para estirar las piernas e ir al baño y entre diez tomamos un café ¡por mil pelas! Aún recuerdo los gritos del camarero cuando salíamos de allí "un café y cuarrggenta pipís...!"
Ay los jardines y las flores! Hay incluso un ranking de ciudades según lo bien ajardinadas que estén. A la entrada, al lado del cartel del nombre de la ciudad, ponen otro que pone "ville fleuri" y una, dos, tres o incluso cuatro flores, como si fuesen las estrellas de un hotel.
Es el bonitismo de Francia :-)

13 de septiembre de 2014, 8:59  
Blogger Adelius said...

A mí Francia me encanta, cuánto más voy más me gusta. Esa cultura floral, los quesos, los mercados... y, sobre todo, el silencio en bares y restaurantes me tienen conquistada.

15 de septiembre de 2014, 11:57  

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